1. De Patagones
Yo nací allá lejos, en una de las puertas de
Antes de cruzar el Río Negro,
trepado a la barranca, de espaldas a la civilización, de frente al río y a
Viedma, de frente al Sur. Allá está Carmen de Patagones.
Patagones tiene calles con escaleras hasta el río,
viejas casas altas y angostas con balcones antiguos, y una hermosa iglesia tal
vez demasiado importante para lo que era el tamaño del pueblo.
Tenía un enorme puente negro por donde pasaban el
tren, los sulkys, los carros y los autos. En la entrada del puente, una pequeña
Capilla de María Auxiliadora donde más de una vez llevamos flores con la abuela
para que protegiera a los que andaban por esos caminos.
Del otro lado de la ruta que llevaba al puente, un
cerro rojizo y empolvado, el Cerro de
Cuentan que su nombre lo debe a que fue por ese
cerro por donde nuestres criollos y criollas, defensores de un despoblado y
miserable fortín de fronteras, largaron al galope caballos semisalvajes levantando
una polvareda infernal que oscureció el río. Así lograron que los portugueses,
que asediaban la boca del río con sus barcos, creyeran que había todo un
batallón y se retiraran sin dar batalla. Esto fue por el siglo dieciocho, y cuentan
que a esos portugueses del Brasil les llamaban “maragatos”. Sería por eso,
dicen, que desde entonces los nacidos en Patagones, orgullosos, nos llamamos
“maragatos”. Sé que hay otras versiones acerca del porqué del nombre. Las he
escuchado. Pero indudablemente me gusta más esta, que nos habla de la valentía
patriótica y solitaria de nuestros maltratados gauchos (y gauchas) y de la
parte más positiva de nuestra tan mentada “viveza criolla”.
En Patagones, a dos pasos del río, vivían mis abueles
maternos, emigrados de Buenos Aires por cuestiones de supervivencia económica,
víctimas como tantos otres de la crisis de los ’30.
En Viedma, agua de por medio, vivían les otres
abueles, los Paschetta.
El amor de mis padres fue un amor de puente sobre
el río, un amor de pueblos compartiendo la soledad de estar perdidos donde
empieza la desolación.
Un amor que continuó en otro pueblo aún más chico,
más perdido, más solo, más desierto: San Antonio Oeste.
Escondido en el fondo del Golfo de San Matías,
rodeado de mar por tres costados, cansado de arena y piquillín, aburrido de
lejanías, San Antonio parecía sacado de una historieta de vaqueros, con sus
calles arenosas y anchísimas, sus casas de chapa, su viento permanente.
Yo nací allá lejos
piquillín y arena
monte silencioso regalando
penas
sol y soledades
salitral y ausencia
Yo nací allá lejos
y me crecí
cerca de viento y de playa
de mar y mareas
médano amarillo
piquillín y arena
Yo crecí allá lejos
mamando cadencias
de viento y de ola
silencio
meseta
Yo nací allá lejos...
Mi voz es de arena.
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