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07. De Murciélagos

Por dentro, las paredes de chapa de la casa estaban revestidas de cartón-piedra, un material resistente y muy aislante que ya no existe, reemplazado como fue por los aglomerados. El cielorraso era alto y oscuro. A los costados del zaguán se abrían dos habitaciones de piso de madera de listones anchos. Una funcionaba de comedor y biblioteca; la otra de dormitorio de los grandes. A continuación venía un ambiente amplio, de pisos de mosaicos de granito y paredes de chapa, que ocupaba casi todo el ancho de la casa, con el baño a un extremo y una puerta exterior que daba al costado de la casa en el otro. Allí mamá había armado el “living”. Todas las habitaciones de la casa daban a este living, también los dos dormitorios chicos de más atrás y la cocina que a su vez comunicaba con el patio trasero.   En el entretecho vivían murciélagos. Los oíamos en los atardeceres de verano. Sus chillidos pequeños anticipaban la posibilidad de ver escapar sus sombras hacia el cielo morado. No...

6. Del Riego

En los largos atardeceres del verano de San Antonio Oeste, papá regaba. Esto, que parece tan simple, era casi un milagro.   Mi pueblo sureño se levanta en medio de dunas y arenales, a orillas del mar. En aquel entonces no tenía otra provisión de agua que la que se traía en los vagones-tanque del ferrocarril. La traían desde el arroyo Valcheta, ese mismo arroyo al que llegara el General Juan Manuel de Rosas en la campaña para despoblar o dominar al fin el mentidamente llamado “desierto”. La vida de mi pueblo, como la de todos los pueblos áridos, giraba alrededor del agua disponible. La larga sequía del verano convertía el arroyo proveedor en barrial. Las grandes lluvias del invierno lo desbordaban y entonces aparecían caballos muertos que cabalgaban su hinchazón pudriendo el cauce. Entonces, el agua de mi pueblo se racionaba estrictamente.   Nosotres, mi familia, éramos doblemente privilegiados. Por un lado, papá era maquinista, o sea, manejaba trenes. Era...

5. Del engranaje

No recuerdo las primeras casas en que vivimos cuando nos instalamos en San Antonio Oeste. Pero sí recuerdo el primer día en que vi “nuestra” casa, “mi” casa, esa donde viví hasta que me fui para la Universidad. Debo haber tenido poco más de tres años. Me veo parada en una extensa vereda de tierra, mirando hacia arriba, con la boca abierta de asombro y ansiedad frente a una altísima puerta de madera vieja y descascarada que parece perderse allá en el cielo. El umbral, lleno de astillitas grises, me llega por encima de las rodillas. Una de las hojas de la puerta se abrió con un chirrido que me sonó a misteriosa bienvenida. Trepé al umbral y quedé de rodillas mirando el zaguán largo y oscuro. Parecía que las paredes se juntaran allá arriba. En el centro, un camino de linóleo que pudo haber sido verde, y que resultaba suave y patinoso, cubierto de un finísimo polvillo como talco gris y sedoso. ¡Y telarañas! Unas hermosas telarañas espesas en los rincones, demasiado altas ...

4. Del molino

La casa del abuelo se desparramaba tranquila en las afueras de Patagones, unas dos cuadras antes de llegar al río. Desde las ventanas de atrás veíamos la ruta, elevándose para trepar al enorme puente negro y ferroviario por donde cada tarde traqueteaba el tren del sur. Al costado de la casa, del lado del río, casi una manzana de frutales, rastrojos y pastos altos, en tierras de los Maü. Bien cerca de la casa, cruzando el parral cargado de racimos, el enorme tanque australiano y su molino brillante que regurgitaba permanentemente el agua verdosa del riego. Imposible explicar a los mayores, con mi escasa lengua de tres años, la fascinación de los hierros plateados del molino y la escalerita angosta, justo como para mí, perfectamente adecuada al largo de mis brazos, maravillosamente asible por mis manitas gordas. Dejaba que mi cabeza colgara hacia atrás forzando los brazos estirados al máximo, y allá arriba, en la punta de las dos guías brillantes que casi se unían tan lejos, er...

3. Del Tío Eduardo

En el patio de los abuelos había un tanque australiano. De esos enormes tanques bajos de chapas de zinc, abiertos al cielo, donde almacenar el agua en lugares desérticos. En aquella época, mi cabeza asomaba apenas por el borde, y colgándome en puntitas de pie, podía ver y oler el agua verde y mohosa. En verano (y casi siempre era verano en la casa de los abuelos) hasta teníamos permiso de bañarnos en el tanque, previo día dedicado a su limpieza. Ese famoso día de la limpieza, trabajoso para los grandes, era fantástico para los chicos. El máximo deleite estaba en, (vacío ya de agua) acostarnos sobre la sedosidad patinosa del barro limoso que aparecía en el fondo y llenarnos la piel de los verdes de las algas suavísimas. Al lado del tanque había un viejo molino de viento, plateado y altísimo, que chirriaba alegremente por las noches acompañando el gorgoteo del agua que brotaba del caño.   Indefectiblemente unido a esta imagen verde y húmeda aparece en mi memoria un muchacho...

2. De les abueles Machicote

Un  día, mirando fotos, me di cuenta de que en realidad el abuelo no había sido taaaan alto. Pero cuando yo era chica, él era un gigante. Será por eso que nunca pude temerle a los gigantes de los cuentos, y que Pulgarcito nunca me cayó simpático. El abuelo era inmenso, cuadrado, calentito y seguro. Allá lejos, arriba de la montaña de sus hombros, tenía una boca amplia que no sonreía mucho y que jamás pronunció una palabra capaz de lastimarme. Encima, una nariz abundante. Bien pegaditos a la nariz estaban los ojos: dos pedruscos vivaces y marrones casi siempre chispeantes, a veces mojados, y otras pocas, severos. Todo enmarcado en una cara cuadrada y extensa, una cara noble y vasca que siempre se ponía a mi alcance si la quería besar. El abuelo amaba a los animales... y los criaba. Tenía perros, conejos, gallinas, patos. Una vez, tuvo una vaca y un caballo. El único día que me gustó la leche fue ahí, paradita al lado del abuelo, casi debajo de la panza de la vaca, mis...

1. De Patagones

Yo nací allá lejos, en una de las puertas de la Patagonia. Ant es de cruzar el Río Negro, trepado a la barranca, de espaldas a la civilización, de frente al río y a Viedma, de frente al Sur. Allá está Carmen de Patagones. Patagones tiene calles con escaleras hasta el río, viejas casas altas y angostas con balcones antiguos, y una hermosa iglesia tal vez demasiado importante para lo que era el tamaño del pueblo. Tenía un enorme puente negro por donde pasaban el tren, los sulkys, los carros y los autos. En la entrada del puente, una pequeña Capilla de María Auxiliadora donde más de una vez llevamos flores con la abuela para que protegiera a los que andaban por esos caminos. Del otro lado de la ruta que llevaba al puente, un cerro rojizo y empolvado, el Cerro de la Caballada , enorgullecido de su propia historia. Cuentan que su nombre lo debe a que fue por ese cerro por donde nuestres criollos y criollas, defensores de un despoblado y miserable fortín de fronteras, largaron al ...