07. De Murciélagos
Por dentro, las paredes de chapa de la casa estaban revestidas de cartón-piedra, un material resistente y muy aislante que ya no existe, reemplazado como fue por los aglomerados.
El cielorraso era alto y oscuro.
A los costados del zaguán se abrían dos habitaciones de piso de madera
de listones anchos. Una funcionaba de comedor y biblioteca; la otra de
dormitorio de los grandes. A continuación venía un ambiente amplio, de pisos de
mosaicos de granito y paredes de chapa, que ocupaba casi todo el ancho de la
casa, con el baño a un extremo y una puerta exterior que daba al costado de la
casa en el otro. Allí mamá había armado el “living”. Todas las habitaciones de
la casa daban a este living, también los dos dormitorios chicos de más atrás y la
cocina que a su vez comunicaba con el patio trasero.
En el entretecho vivían murciélagos. Los oíamos en los atardeceres de
verano. Sus chillidos pequeños anticipaban la posibilidad de ver escapar sus
sombras hacia el cielo morado.
No les teníamos miedo: sabíamos perfectamente que contaban con un
finísimo sistema de radar con el cual evitarían tocarnos.
Los murciélagos volvían al amanecer, y a veces algún despistado
equivocaba la entrada y se mandaba por la alta ventana del comedor que en
verano quedaba abierta toda la noche.
Mi hermano y yo teníamos experticia en cazar a estos extraviados (escoba de
por medio), para meterlos en un frasco y luego donarlos al Museo de Ciencias
Naturales de la Escuela que, además de murciélagos, contaba con varias puntas
de flecha, una calavera, una viborita y un par de sapos.
La técnica era simple: Héctor, por ser el mayor, se armaba de la
escoba, y yo del frasco, con la tapa en la otra mano. Cerrábamos la habitación,
que además de una sólida biblioteca tenía una larga mesa vacía en la que
hacíamos los deberes. Corríamos las sillas contra la pared para no golpearnos y
comenzábamos a los escobazos y manotazos sabiendo que el pobre bicho comenzaría
a volar asustado por los movimientos del aire, golpeándose contra las paredes y
perdiendo el control, hasta que Héctor lograra acertarle con la escoba.
Entonces lo sostenía, apretado contra el piso, momento en que intervenía yo con
mi frasco. Él levantaba despacito la escoba mientras yo arrimaba el frasco boca
abajo hasta atrapar al murciélago. Sólo quedaba deslizar la tapa y listo.
El problema surgió el día en que Adriana, nuestra hermanita menor, de
unos cuatro o cinco años (nosotres tendríamos nueve y diez), se consideró capaz
de incorporarse a nuestra cacería.
En el momento clave Héctor lanzó un furibundo escobazo que yo esquivé
ágilmente lanzándome debajo de la mesa, justo en el momento en que desde el
otro lado, y aterrorizada por el vuelo en picado del murciélago, Adriana se
zambullía también bajo la mesa. Adri, el murciélago golpeado y yo confluimos
exactamente en el mismo punto. Al choque de cabezas se sumó el contacto
repugnante de esa cosa peluda y chirriante.
Quedamos ambas sentadas en el piso aturdidas y llorando a los gritos
mientras Héctor abría la puerta y salía corriendo a buscar a mamá.
El murciélago salió tras él y halló refugio en el living, lugar sagrado
donde no eran admitidas tales visitas.
El desgraciado animal permaneció escondido varios días en las cortinas
nuevas de mamá, que si bien no les temía a los mencionados bichos, sentía por
ellos un asco digno de consideración.
Conclusión: pese al argumento de que el museo de la escuela extrañaría
a sus mejores proveedores, quedaba terminantemente prohibida la caza de
murciélagos, por tiempo indefinido.
A partir de ese día, cuando algún despistado equivocaba el rumbo, la
puerta del comedor se clausuraba y la ventana permanecía abierta a pleno hasta
que el animalito, por su propia cuenta, decidiera abandonar la plaza.
Y no era una cuestión de ecología o respeto a la naturaleza, no. Era
puro asco adulto, nada más.
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