6. Del Riego
En los largos atardeceres del verano de San Antonio Oeste, papá regaba. Esto, que parece tan simple, era casi un milagro. Mi pueblo sureño se levanta en medio de dunas y arenales, a orillas del mar. En aquel entonces no tenía otra provisión de agua que la que se traía en los vagones-tanque del ferrocarril. La traían desde el arroyo Valcheta, ese mismo arroyo al que llegara el General Juan Manuel de Rosas en la campaña para despoblar o dominar al fin el mentidamente llamado “desierto”. La vida de mi pueblo, como la de todos los pueblos áridos, giraba alrededor del agua disponible. La larga sequía del verano convertía el arroyo proveedor en barrial. Las grandes lluvias del invierno lo desbordaban y entonces aparecían caballos muertos que cabalgaban su hinchazón pudriendo el cauce. Entonces, el agua de mi pueblo se racionaba estrictamente. Nosotres, mi familia, éramos doblemente privilegiados. Por un lado, papá era maquinista, o sea, manejaba trenes. Era...