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Mostrando las entradas de marzo, 2023

6. Del Riego

En los largos atardeceres del verano de San Antonio Oeste, papá regaba. Esto, que parece tan simple, era casi un milagro.   Mi pueblo sureño se levanta en medio de dunas y arenales, a orillas del mar. En aquel entonces no tenía otra provisión de agua que la que se traía en los vagones-tanque del ferrocarril. La traían desde el arroyo Valcheta, ese mismo arroyo al que llegara el General Juan Manuel de Rosas en la campaña para despoblar o dominar al fin el mentidamente llamado “desierto”. La vida de mi pueblo, como la de todos los pueblos áridos, giraba alrededor del agua disponible. La larga sequía del verano convertía el arroyo proveedor en barrial. Las grandes lluvias del invierno lo desbordaban y entonces aparecían caballos muertos que cabalgaban su hinchazón pudriendo el cauce. Entonces, el agua de mi pueblo se racionaba estrictamente.   Nosotres, mi familia, éramos doblemente privilegiados. Por un lado, papá era maquinista, o sea, manejaba trenes. Era...

5. Del engranaje

No recuerdo las primeras casas en que vivimos cuando nos instalamos en San Antonio Oeste. Pero sí recuerdo el primer día en que vi “nuestra” casa, “mi” casa, esa donde viví hasta que me fui para la Universidad. Debo haber tenido poco más de tres años. Me veo parada en una extensa vereda de tierra, mirando hacia arriba, con la boca abierta de asombro y ansiedad frente a una altísima puerta de madera vieja y descascarada que parece perderse allá en el cielo. El umbral, lleno de astillitas grises, me llega por encima de las rodillas. Una de las hojas de la puerta se abrió con un chirrido que me sonó a misteriosa bienvenida. Trepé al umbral y quedé de rodillas mirando el zaguán largo y oscuro. Parecía que las paredes se juntaran allá arriba. En el centro, un camino de linóleo que pudo haber sido verde, y que resultaba suave y patinoso, cubierto de un finísimo polvillo como talco gris y sedoso. ¡Y telarañas! Unas hermosas telarañas espesas en los rincones, demasiado altas ...

4. Del molino

La casa del abuelo se desparramaba tranquila en las afueras de Patagones, unas dos cuadras antes de llegar al río. Desde las ventanas de atrás veíamos la ruta, elevándose para trepar al enorme puente negro y ferroviario por donde cada tarde traqueteaba el tren del sur. Al costado de la casa, del lado del río, casi una manzana de frutales, rastrojos y pastos altos, en tierras de los Maü. Bien cerca de la casa, cruzando el parral cargado de racimos, el enorme tanque australiano y su molino brillante que regurgitaba permanentemente el agua verdosa del riego. Imposible explicar a los mayores, con mi escasa lengua de tres años, la fascinación de los hierros plateados del molino y la escalerita angosta, justo como para mí, perfectamente adecuada al largo de mis brazos, maravillosamente asible por mis manitas gordas. Dejaba que mi cabeza colgara hacia atrás forzando los brazos estirados al máximo, y allá arriba, en la punta de las dos guías brillantes que casi se unían tan lejos, er...