5. Del engranaje

No recuerdo las primeras casas en que vivimos cuando nos instalamos en San Antonio Oeste.

Pero sí recuerdo el primer día en que vi “nuestra” casa, “mi” casa, esa donde viví hasta que me fui para la Universidad.

Debo haber tenido poco más de tres años.

Me veo parada en una extensa vereda de tierra, mirando hacia arriba, con la boca abierta de asombro y ansiedad frente a una altísima puerta de madera vieja y descascarada que parece perderse allá en el cielo.

El umbral, lleno de astillitas grises, me llega por encima de las rodillas.

Una de las hojas de la puerta se abrió con un chirrido que me sonó a misteriosa bienvenida.

Trepé al umbral y quedé de rodillas mirando el zaguán largo y oscuro.

Parecía que las paredes se juntaran allá arriba.

En el centro, un camino de linóleo que pudo haber sido verde, y que resultaba suave y patinoso, cubierto de un finísimo polvillo como talco gris y sedoso.

¡Y telarañas! Unas hermosas telarañas espesas en los rincones, demasiado altas para temerles, demasiado lejanas para mis ganas de palparlas.

Al fondo, la puerta cancel. Casi tan enorme como la de la entrada, de vidrios biselados con una talla de flores.

La sombra interior era fresca y el olor a polvo y encierro se me quedó pegado para siempre en la memoria.

Cuando pude hablar, mi voz sonó distinta, como si hubiera muchas vocecitas como la mía en un coro resonante: maravilla de descubrir el eco de las altas habitaciones vacías.

Me llamó la atención algo que había en un rincón, contra la cancel. Una cosa parecida a una rueda, que tenía (ahora lo sé), por los menos tres centímetros de grosor y unos doce de diámetro.

En uno de los laterales de la rueda sobresalía del centro una especie de pomo redondo que era justo como una manija.

Toda la circunferencia de la rueda era de picos no muy agudos, apareciendo entonces un perfil como de serrucho, o como montañitas perfectamente simétricas.

Era de una sola pieza, de un metal muy pesado, gris oscuro y pulido, con reflejos casi verdosos.

Con gran esfuerzo lo levanté.

Puse la rueda vertical, pero cayó, apoyándose sobre el pomo.

La empujé suavemente y empezó a rodar en círculos sobre sí misma, la manija como eje, produciendo sobre la madera del viejo zaguán vacío un sonido musical, grave y cálido.

En ese momento decidí que, fuera lo que fuese, era mío, definitivamente mío.

Por ser tan pesado, aquel viejo engranaje de alguna gran maquinaria sirvió durante años como traba para sostener la puerta de la cocina, que daba al sur, de modo que el viento permanente de la primavera no la cerrara de golpe.

También fue trompo, pisapapeles, arma amenazante del espacio estelar, duende enloquecido mordiendo la tierra, estetoscopio primitivo, mágica máquina de curar mil dolencias con rayos milagrosos, instrumento de sacrificios rituales, comunicador espacial... y tantas otras cosas que ya no recuerdo.

 

Años después, viviendo en Bahía Blanca, me llegó la noticia de que mi vieja casa era demolida.

Cuando volví al pueblo, le reclamé a mamá el engranaje.

En la mudanza, con la tristeza de saber que lo que fue nuestro hogar sería derrumbado por su dueño legal, nadie lo recordó.

Donde había estado la casa, vi restos de paredes a ras de suelo, los colores de los pisos de las habitaciones, y malezas creciendo aquí y allá.

Deambulé por las ruinas en la tonta esperanza de encontrar mi compañero de tantos juegos.

Antes de irme, di una última ojeada desde la vereda.

En mi cabeza se superponían las imágenes del baldío, la alta casa de chapa con puerta de madera, el zaguán oscuro y fresco, el rincón de la cancel, y mi engranaje cubierto de polvo[1].

 





[1] Nota: Tiempo después de escrito este capítulo, supe que mi hermano rescató y aún guarde el engranaje. Él cree que le pertenece. Yo no.

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