Entradas

Mostrando las entradas de febrero, 2023

3. Del Tío Eduardo

En el patio de los abuelos había un tanque australiano. De esos enormes tanques bajos de chapas de zinc, abiertos al cielo, donde almacenar el agua en lugares desérticos. En aquella época, mi cabeza asomaba apenas por el borde, y colgándome en puntitas de pie, podía ver y oler el agua verde y mohosa. En verano (y casi siempre era verano en la casa de los abuelos) hasta teníamos permiso de bañarnos en el tanque, previo día dedicado a su limpieza. Ese famoso día de la limpieza, trabajoso para los grandes, era fantástico para los chicos. El máximo deleite estaba en, (vacío ya de agua) acostarnos sobre la sedosidad patinosa del barro limoso que aparecía en el fondo y llenarnos la piel de los verdes de las algas suavísimas. Al lado del tanque había un viejo molino de viento, plateado y altísimo, que chirriaba alegremente por las noches acompañando el gorgoteo del agua que brotaba del caño.   Indefectiblemente unido a esta imagen verde y húmeda aparece en mi memoria un muchacho...

2. De les abueles Machicote

Un  día, mirando fotos, me di cuenta de que en realidad el abuelo no había sido taaaan alto. Pero cuando yo era chica, él era un gigante. Será por eso que nunca pude temerle a los gigantes de los cuentos, y que Pulgarcito nunca me cayó simpático. El abuelo era inmenso, cuadrado, calentito y seguro. Allá lejos, arriba de la montaña de sus hombros, tenía una boca amplia que no sonreía mucho y que jamás pronunció una palabra capaz de lastimarme. Encima, una nariz abundante. Bien pegaditos a la nariz estaban los ojos: dos pedruscos vivaces y marrones casi siempre chispeantes, a veces mojados, y otras pocas, severos. Todo enmarcado en una cara cuadrada y extensa, una cara noble y vasca que siempre se ponía a mi alcance si la quería besar. El abuelo amaba a los animales... y los criaba. Tenía perros, conejos, gallinas, patos. Una vez, tuvo una vaca y un caballo. El único día que me gustó la leche fue ahí, paradita al lado del abuelo, casi debajo de la panza de la vaca, mis...

1. De Patagones

Yo nací allá lejos, en una de las puertas de la Patagonia. Ant es de cruzar el Río Negro, trepado a la barranca, de espaldas a la civilización, de frente al río y a Viedma, de frente al Sur. Allá está Carmen de Patagones. Patagones tiene calles con escaleras hasta el río, viejas casas altas y angostas con balcones antiguos, y una hermosa iglesia tal vez demasiado importante para lo que era el tamaño del pueblo. Tenía un enorme puente negro por donde pasaban el tren, los sulkys, los carros y los autos. En la entrada del puente, una pequeña Capilla de María Auxiliadora donde más de una vez llevamos flores con la abuela para que protegiera a los que andaban por esos caminos. Del otro lado de la ruta que llevaba al puente, un cerro rojizo y empolvado, el Cerro de la Caballada , enorgullecido de su propia historia. Cuentan que su nombre lo debe a que fue por ese cerro por donde nuestres criollos y criollas, defensores de un despoblado y miserable fortín de fronteras, largaron al ...