3. Del Tío Eduardo
En el patio de los abuelos había un tanque australiano. De esos enormes tanques bajos de chapas de zinc, abiertos al cielo, donde almacenar el agua en lugares desérticos. En aquella época, mi cabeza asomaba apenas por el borde, y colgándome en puntitas de pie, podía ver y oler el agua verde y mohosa. En verano (y casi siempre era verano en la casa de los abuelos) hasta teníamos permiso de bañarnos en el tanque, previo día dedicado a su limpieza. Ese famoso día de la limpieza, trabajoso para los grandes, era fantástico para los chicos. El máximo deleite estaba en, (vacío ya de agua) acostarnos sobre la sedosidad patinosa del barro limoso que aparecía en el fondo y llenarnos la piel de los verdes de las algas suavísimas. Al lado del tanque había un viejo molino de viento, plateado y altísimo, que chirriaba alegremente por las noches acompañando el gorgoteo del agua que brotaba del caño. Indefectiblemente unido a esta imagen verde y húmeda aparece en mi memoria un muchacho...