2. De les abueles Machicote

Un día, mirando fotos, me di cuenta de que en realidad el abuelo no había sido taaaan alto. Pero cuando yo era chica, él era un gigante.

Será por eso que nunca pude temerle a los gigantes de los cuentos, y que Pulgarcito nunca me cayó simpático.

El abuelo era inmenso, cuadrado, calentito y seguro.

Allá lejos, arriba de la montaña de sus hombros, tenía una boca amplia que no sonreía mucho y que jamás pronunció una palabra capaz de lastimarme. Encima, una nariz abundante. Bien pegaditos a la nariz estaban los ojos: dos pedruscos vivaces y marrones casi siempre chispeantes, a veces mojados, y otras pocas, severos.

Todo enmarcado en una cara cuadrada y extensa, una cara noble y vasca que siempre se ponía a mi alcance si la quería besar.

El abuelo amaba a los animales... y los criaba.

Tenía perros, conejos, gallinas, patos. Una vez, tuvo una vaca y un caballo.

El único día que me gustó la leche fue ahí, paradita al lado del abuelo, casi debajo de la panza de la vaca, mis manitas perdidas en la inmensa ubre mientras sus manos enormes y buenas guiaban las mías en el acto místico de lograr un chorro blanco y espumoso que siseaba al unirse a la espuma blanca del balde.

¿Cómo podría no haberme gustado? No era leche. Era magia.

 

El abuelo tenía una casa que se parecía a él: vieja, grande, acogedora, con espacios para correr y ser libre y espacios para estar abrigado. Con un lugar verde y florecido donde ser una princesa o un duende, y una mesa limpia y sana donde se terminaba el hambre. Con lugares permitidos y otros privados.

Y en esa casa, su propia princesa: mi abuela (que nunca admitió que le dijéramos “abuela”, sino “abuelita”).

Pequeñita, delicada, suave y firme, parecía una mariposa. Pero además cantaba. Como también cantaban los pájaros del abuelo.

Y era la abuela la que me rescataba de los terribles peligros de los dragones, de los castillos encantados, de los guerreros de armadura y espada que me tenían prisionera en el crecido matorral del jardín, cuando su voz cantarina (la voz del hada salvadora) sonaba como una campanita: “Marisil, nena querida, vamos a comer, a lavarse las manos! … ”

Y su voz rompía todos los hechizos, y yo corría escapando de tantas aventuras.

Salía del jardín patinando por la galería hasta llegar al baño, viejo como la casa, con una fascinante bañera de patas de león, y el claro olor a limpio del jabón Palmolive verde. Ese olor que durante toda mi vida tendrá la característica de transportarme instantáneamente al baño de los abuelos.

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