3. Del Tío Eduardo

En el patio de los abuelos había un tanque australiano. De esos enormes tanques bajos de chapas de zinc, abiertos al cielo, donde almacenar el agua en lugares desérticos.

En aquella época, mi cabeza asomaba apenas por el borde, y colgándome en puntitas de pie, podía ver y oler el agua verde y mohosa.

En verano (y casi siempre era verano en la casa de los abuelos) hasta teníamos permiso de bañarnos en el tanque, previo día dedicado a su limpieza. Ese famoso día de la limpieza, trabajoso para los grandes, era fantástico para los chicos. El máximo deleite estaba en, (vacío ya de agua) acostarnos sobre la sedosidad patinosa del barro limoso que aparecía en el fondo y llenarnos la piel de los verdes de las algas suavísimas.

Al lado del tanque había un viejo molino de viento, plateado y altísimo, que chirriaba alegremente por las noches acompañando el gorgoteo del agua que brotaba del caño.

 

Indefectiblemente unido a esta imagen verde y húmeda aparece en mi memoria un muchachote con los ojos llenos de risa y una mata de pelo oscuro y despeinado.

Se sube al molino, enfundado en su malla azul oscuro elastizada que le cubre desde arriba de la cintura hasta el comienzo del muslo, los cordoncitos blancos bailoteando justo en el centro del cinturón. Saca pecho y hace una jocosa imitación del grito de Tarzán, para caer luego desmañadamente en el agua del tanque, entre carcajadas infantiles.

Tío Eduardo es el hermano menor de mamá. Profesor de Educación Física y estudiante de abogacía, vive en Buenos Aires y hasta tiene una novia.

Pero en los veranos de Patagones es Tarzán, Sandokán, el Héroe Legendario, el Príncipe Valiente, el Cocodrilo Terrorífico del Estanque, el Explorador Jefe en la Travesía del Nilo, el Monstruo del Amazonas, el Tiburón Asesino del Atlántico...

 

Aún me resulta difícil encajar aquella imagen cálida y vital con la del serio (y hasta triste) doctor de barba entrecana que años después encontré en Buenos Aires.

Pero todavía creo que escondido detrás del traje y el maletín, en medio de los edificios más altos y oscuros de la inmensa ciudad gris, a contramano de la aceleración cotidiana y los puestos oficiales, sobrevivía sin embargo el Tarzán de cara llena de risa, el muchachote del mechón rebelde y la aventura soñada en las siestas de verano de Carmen de Patagones, mi tío Eduardo.

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