4. Del molino

La casa del abuelo se desparramaba tranquila en las afueras de Patagones, unas dos cuadras antes de llegar al río.

Desde las ventanas de atrás veíamos la ruta, elevándose para trepar al enorme puente negro y ferroviario por donde cada tarde traqueteaba el tren del sur.

Al costado de la casa, del lado del río, casi una manzana de frutales, rastrojos y pastos altos, en tierras de los Maü.

Bien cerca de la casa, cruzando el parral cargado de racimos, el enorme tanque australiano y su molino brillante que regurgitaba permanentemente el agua verdosa del riego.

Imposible explicar a los mayores, con mi escasa lengua de tres años, la fascinación de los hierros plateados del molino y la escalerita angosta, justo como para mí, perfectamente adecuada al largo de mis brazos, maravillosamente asible por mis manitas gordas.

Dejaba que mi cabeza colgara hacia atrás forzando los brazos estirados al máximo, y allá arriba, en la punta de las dos guías brillantes que casi se unían tan lejos, era el giro luminoso de las aspas perfiladas incitándome a subir.

Me resistía.

Claro que me resistía.

La voz de mamá sonaba eco en mi cabeza, contestando al chirrido invitador con un imperativo “No subas, nena. No subas. Te podés caer”.

Allá arriba, perforando el cielo celeste hondo, llamándome en un gemido cadencioso, giraban los brillos de la siesta.

Una y otra vez colgaba mi cabeza hacia atrás, las manos apretadas en los caños de la escalerita interminable, un pie en la tierra húmeda, el otro alcanzando apenas el primer escalón.

Una y otra vez le decía al molino: “No. Mamá no me deja”.

Pero el cielo estaba ahí.

El brillo estaba ahí.

La luz estaba ahí.

 

 

Una siesta de verano verde lustroso finalmente subí.

Escalón por escalón.

Siempre mirando arriba.

Despacio.

Costosamente.

Un pie y el otro al lado. La distancia entre escalones larga, tan larga. El peso de cada pierna y el apoyo del pie de arriba.

Infinitamente subiendo para alcanzar el cielo.

 

 

El azul era casi mío, casi podía tocar el brillo, cuando me llegó, chiquita y como rara, la voz de mamá: “Agarrate fuerte, mi amor, fuerte. No tengas miedo”.

¿Miedo?

No tenía miedo.

Recién entonces miré hacia abajo. Y me di cuenta de que estaba en el propio cielo.

Mamá era una figurita perdida entre un montón de verdes. El tanque, un espejo redondo y azul donde flotaban nubes y copas de árboles. La parra, un piso de hojas oscuras.

Allá lejos, una cinta amarronada en la que adiviné el río.

Hacia el otro lado, un puente de juguete por el que pasaban autos en miniatura.

Creo que fue la primera vez que sentí la enormidad el mundo.

Y mi pequeñez.

Y la lejanía.

 

 

¿Cómo bajar?

En ese mismo momento sentí los brazos del abuelo, rodeándome.

Había subido al molino sin que me diera cuenta, hasta alcanzarme.

Puso su pecho detrás de mi espalda, los brazos troncales calzando los míos.

Con su voz calentita me dijo: “Vamos a bajar juntos. Apoyate en mí”.

Y bajamos.

Escalón por escalón.

Despaciosamente.

Bajamos.

Bajamos hasta los ojos enormes y mojados de mamá, hasta sus brazos seguros.

 

Ese día aprendí no sólo de la belleza e inmensidad del mundo.

Aprendí que por alto que subiera, siempre tendría el pecho abarcativo del abuelo para apoyarme. Y la posibilidad de reencontrarme con el verde permanente de los ojos de mamá.

 

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