6. Del Riego
En los largos atardeceres del verano de San Antonio Oeste, papá regaba.
Esto, que parece tan simple, era casi un milagro.
Mi pueblo sureño se levanta en medio de dunas y arenales, a orillas del
mar.
En aquel entonces no tenía otra provisión de agua que la que se traía
en los vagones-tanque del ferrocarril.
La traían desde el arroyo Valcheta, ese mismo arroyo al que llegara el
General Juan Manuel de Rosas en la campaña para despoblar o dominar al fin el
mentidamente llamado “desierto”.
La vida de mi pueblo, como la de todos los pueblos áridos, giraba
alrededor del agua disponible.
La larga sequía del verano convertía el arroyo proveedor en barrial.
Las grandes lluvias del invierno lo desbordaban y entonces aparecían caballos
muertos que cabalgaban su hinchazón pudriendo el cauce.
Entonces, el agua de mi pueblo se racionaba estrictamente.
Nosotres, mi familia, éramos doblemente privilegiados.
Por un lado, papá era maquinista, o sea, manejaba trenes. Era nada
menos que ferroviario, lo que en esa época y en ese lugar era tan importante
como ser maestra o dueño del almacén. Por eso nosotros, además del tanque de
agua que
Pero no acababa allí el privilegio, ya que mi casa, el viejo caserón de
chapa y madera, tenía como centro del patio un aljibe. Durante las sostenidas
lluvias del invierno, al sonido rumoroso y monótono del techo de zinc se unían
los ruidos de cascada y trueno de las cañerías recolectoras de alrededor del
techo, los tubos de bajada y el caño final desembocando a media altura dentro
del foso umbrío.
Yo tuve un aljibe
Fue en la casa vieja de mi pueblo chico
perdido en la
costa de un golfo de añil
Mi casa cuadrada con patio de tierra
paredes y techo
de chapas de zinc
forradas por
dentro con un cartón-piedra
pintado en
florcitas de celeste-gris
Yo tuve un aljibe
Un ojo escondido en el brocal antiguo
con los dos
pilares blanqueados de cal
La tapa redonda de chapa oxidada
El balde sonoro de oscuro metal
La siesta escapada bajo el jazminero
La tarde dormida de sol y de sal
Abrir sigilosa la tapa pesada
(que no me
delate su gong abismal
repitiendo en
ecos la música oscura
que alerta a mi
padre y asusta a mamá)
(que no les
avise que estoy sin permiso
colgada del
borde con riesgo mortal)
Asomar apenas mi cara asombrada
buscando en el
fondo cielo, nube y sol
Respirar profundo la humedad dormida
casi como fría
subiendo en temblor
Medir la distancia del túnel que atrae
devolviendo
extraña y cóncava mi voz
Yo tuve un aljibe
Un espejo quieto tremolando apenas
confundiendo
cielo con profundidad
No saber de pronto de arribas y abajos
Sentirme colgada de la inmensidad
Dar vuelta las cosas
Quedar suspendida
(vértigo y misterio
relatividad)
Y tiré la piedra para hacer los círculos
crecientes y
mansos desde un "ploc" central
(mi cara movida
de oleaje redondo
y el olor a
frío llegando al brocal)
Pozo de mi infancia mágico y umbrío
donde me
asomaba por querer volar
Lo tuve de chica y sé que aún lo tengo:
un ojo redondo
de mirar el sol
Cambiar el sentido de todas las cosas
viendo cielo
abajo (vértigo y temblor)
sabiendo que el
tiempo no puede quitarme
el asombro
abierto del eco y la voz
Yo tengo un aljibe
y en el fondo
el
sol
Y entonces, en los largos atardeceres de verano, papá regaba.
La vieja casona cuadrada con sus altísimas ventanas totalmente abiertas
iba tornasolándose de sombras violáceas crecidas de melancolía.
Un suave aroma a tierra mojada y jazmines pequeños deambulaba fantasmal
por las habitaciones que escondían el calor apretujándolo en los rincones.
Era la hora quieta de sentarnos con mi hermano para buscar en el cielo
hondo el destello fugaz de la primera estrella.
Papá aún regaba.
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